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lunes, 8 de febrero de 2016

La paternidad de Dios (Micro clip)

Al principio de la civilización, el descontento de los hijos ante las primeras leyes impuestas por los padres, llevó al parricidio. Los padres biológicos debieron responsabilizar a alguien más del mandato legal, alguien a quien no pudieran matar, alguien inmortal: Dios.



Si dios no existiera ¿debiéramos inventarlo?

viernes, 9 de enero de 2015

EL DIVORCIO SALUDABLE


Mario Fattorello
UN EXTRAÑO DIVORCIO

¿Cómo entender que un hombre se divorcie por celos? Aclarando que los celos son siempre infundados, porque un engaño comprobado ya no es asunto de celos, sino de traición.
Para representárnoslo, imaginemos a un sujeto celoso llamando a su esposa al celular y que ella no le conteste. Cuando la mujer llega (con 15 minutos de atraso), el hombre está verde y hecho una fiera. No habrá razón que le valga «me importa una mierda que el celular esté descargado. No puedo más ¡Nos divorciamos!».
Hasta aquí el asunto pasa ligero por común. Pero, a los días, nace una interesante incógnita cuando un amigo le cuestiona la decisión a nuestro héroe insensible a las baterías de celular: «Si no tienes pruebas de infidelidad, y si te pone de cabeza el temor de que ella esté con otro, ¿por qué te divorcias? De esa manera la estás empujando a rehacer su vida con otra persona, la empujas a que realice tu pesadilla». Pero el esposo decidido replica: «¡Qué sabrás tú de baterías! Esto se acabó, no hay vuelta atrás».
¿Qué sentido tiene esta decisión? Antes de pasar a la respuesta aclaremos que no estamos tratando sobre el mecanismo de los celos, la razón del divorcio pudiera haber sido cualquier otra, como que la esposa fuera una compradora compulsiva, o problemas con la suegra, o que, siendo él naturista, descubriera de pronto que los senos de su esposa son de silicona. Da igual el motivo, lo que vamos a analizar ahora es el para qué sirve el divorcio.

MATEMÁTICAS AFECTIVAS

Para entender este asunto es necesario que entremos al mundo del cálculo matemático de los valores propios. Todos sabemos que la autoestima está conformada por todos aquellos valores que podemos llamar «míos». O sea, su autoestima está conformada por todo lo que usted pueda llamar «suyo», o sea, el yo de usted, su-yo. Esto demuestra que la autoestima es el nombre que se le da en psicología a lo que en jurisprudencia se llama propiedad privada.
Ahora veamos cómo se pone en juego la autoestima en el amor. Imaginemos que la autoestima es una baraja. Y digamos que la baraja del amor propio del hombre del ejemplo, antes de conocer a su esposa, estaba compuesta por el valor de su profesión al que representaremos como un dos de picas, el valor de su trabajo al que representaremos como un dos de trébol, el valor de su familia ascendente que representaremos como un tres de corazones y el valor de sus amistades que representaremos con un tres de diamantes. Las cartas están echadas, la autoestima de nuestro héroe, cuando soltero, valía 10 puntos. Y, digamos que una autoestima de 10 puntos es muy buena, por lo que nuestro héroe era feliz con un valor propio de 10. Pero, un día, conoce a una mujer a quien le da un valor de 11 puntos y por ello la representaremos como un As de corazones. En ese momento la autoestima de nuestro héroe pasa a valer 21 puntos y ahora se siente eufórico, un Blackjack de felicidad. Pero, después de casarse, los celos del hombre transforman a su mujer de 11 puntos en una posible traidora, en un antivalor. A partir de ese momento el hombre se siente miserable y su autoestima se desbarranca en la melancolía. Ahora cabe preguntarnos: ¿cuánto vale, en este momento, la autoestima de nuestro héroe? Hagan el cálculo. Tienen cinco segundo para pensar y hacer sus apuestas…
 ¿Ya tienen la respuesta? Analicemos los resultados. Si optaron por pensar que la autoestima de este hombre que acaba de convertir a su mujer en un antivalor, vale 10 puntos, la respuesta es incorrecta porque, de ser así, el hombre se sentiría feliz. No eufórico, pero sí feliz. Recordemos que así se sentía antes de conocer a la mujer, y acordamos que una autoestima de 10 puntos era suficiente para ser feliz. Pero nuestro héroe se siente espantosamente mal, TANTO que quiere divorciarse ¿Por qué siente ése deseo? ¿Cuánto vale en este momento la autoestima de nuestro héroe? Para ser breves, develemos a la respuesta: la autoestima de este pobre hombre vale: -1. Los 11 puntos de valor que le atribuyó a su esposa durante el enamoramiento siguen teniendo, en su autoestima, un «valor absoluto» de 11 pero, por haber pasado a ser un antivalor, ahora vale -11. Y 10 - 11 es igual a -1. El balance de su autoestima está en rojo. Los 11 puntos negativos le impiden valorar los 10 positivos que, aunque todavía están allí, son negados el 11 negativo. Con un antivalor tan grande, sus valores pierden importancia. Ante el miedo de ser cornudo le importa un bledo su profesión, no puede concentrarse en su trabajo, si un familiar trata de hablar con él obtendrá una mala respuesta y a los amigos no los quiere ni ver. Por eso siente que debe divorciarse, porque sólo alejando los 11 puntos negativos de la propia autoestima podrá regresar a valorar los 10 valores que cultivaba, y restablecer la importancia de su profesión, su trabajo, su familia y sus amigos. He aquí el por qué siente la necesidad de divorciarse, para volver a valorarse. Matemática simple: lo malo resta, lo bueno suma.

LOS MISTERIOS DEL CÁLCULO

A veces, los más grandes misterios, son determinados por teoremas simples. Es tan notorio que en el amor se trata de transformar 1 en 2, es tan evidente que el amor es una adición, que resulta increíble que permanezca oculta la relación entre la matemática y el amor. ¿Cuál será la razón de este descuido? Creo que pueden ser tantas las causas que para no complicarnos la vida es mejor echarle la culpa a nuestra primera maestra de aritmética y olvidar el asunto. Lo concreto es que toda persona que comparte valores comunes con alguien siente que su existencia maneja cifras de muchos dígitos, mientras que si un pescador comparte su vida con alguien alérgico al pescado, sufre la oscuridad dominante a la izquierda del cero, la oscuridad de los números negativos.
La vida nos obliga a llevar varios libros de contabilidad, y no es el de las pérdidas, ni el de los desencuentros el que lleva escrito en la portada: «Libro del propio valor».


domingo, 7 de diciembre de 2014

LA GAYA MAGIA

DESPERTAR

¿Alguna vez han confundido un recuerdo con un sueño? O sea, ¿alguna vez han descubierto que algo que creían haber vivido en realidad lo habían soñado? Si la respuesta es afirmativa, entonces conocen el desengaño y el consecuente deseo de revancha que nos mueve a tratar de moldear la realidad según nuestros sueños. A veces sospecho que todo en la vida es una revancha. Que sólo nos movemos tras enojarnos por estar quietos. Que sólo pensamos en cambios después de apagar el televisor y preguntarnos «¿es esta la realidad que yo había soñado para mí?», «¿Es éste ir y venir del trabajo a la casa, del televisor a la cama, de comentarios sobre cambios atmosféricos a rascarse la espalda, es esto lo que quería para mí? Todo cambio es antecedido por una crisis, para cambiar la realidad, previamente hay que sentir el oprobio, la indignidad, la ignominia de no ser lo que soñamos ser, y sólo entonces la contrariedad nos rememora el reto que hemos heredado de la humanidad: «ser el único animal capaz de hacer realidad sus sueños». Herencia nada fácil de llevar porque conlleva la autocrítica y el cuestionamiento del propio mundo. En fin, para cambiar hay que tener un sueño y para darnos cuenta de él, hay que despertar. 

SOÑAR PARA VIVIR O VIVIR PARA SOÑAR

Es imposible vivir sin soñar, y de esto nadie se lamenta, más bien, si se pudiera vivir de sueños pagaríamos con gusto el precio de pasar la existencia con los ojos cerrados mirando hacia adentro, porque los sueños, para ser tales, deben ser propios, deben ser internos, si vinieran de afuera serían deberes en vez de derechos.
Reconozcámoslo, nos pasaríamos con gusto todo el rato que andamos por este mundo, durmiendo. Y debe ser por eso que tratamos de extender las imágenes oníricas más allá de abrir los ojos, pintando cuadros, viendo océanos en la pupila del ser amado, escribiendo cuentos, haciendo y viendo películas, o creando aparatos para volar (porque en los sueños casi siempre volamos y cuando no lo hacemos es porque aterrizamos). Es definitivo: no podemos vivir sin soñar. Y por ello todos somos magos, quien más quien menos todos tenemos nuestros propios encantamientos, porque un sueño sin magia sería pesadilla.

LA MAGA CIENCIA

Hubo un tiempo en que los magos y los científicos eran lo mismo, pero luego se separaron en dos bandos cuando los magos decidieron no dar explicaciones y en contraposición a estos, los científicos enfatizaron en explicarlo todo con teorías. Hoy en día los magos y los científicos viven separados y durante el día pareciera que sus labores fueran muy distintas, pero, por la noche, cuando miran las estrellas, saben que trabajan para lo mismo y extrañan a sus antiguos compañeros. Los magos y los científicos son amigos alejados que añoran su pasado común, y por ello a veces se disfrazan para merodear en los  barrios de sus antiguos camaradas, a estos  enmascarados se les llama: filósofos.
La interrelación entre la magia y la ciencia es como la del huevo y la gallina, no hay secuencia, son simultáneas, son parte de lo mismo. Pero hay quienes se empecinan en remarcar sus distintas naturalezas, los psicólogos suelen estar al frente de este gremio, aunque me consta que en secreto, encerrados en el baño, se divierten haciendo trucos con su varita mágica; el secreteo les viene de la vergüenza, porque el entristecedor proceso académico les obligó a renegar de sus más íntimos deseos, debido un viejo dogma de la psicología ortodoxa que asegura que sólo alguien que no sea humano puede ayudar a las personas (dogma que supongo provenga de aquello de que Dios es el único que puede condenar o salvar a los humanos). Y tal vez por eso los grandes magos han sido ateos. En fin, algunos científicos académicos piensan que «soñar» les está prohibido, pero lo cierto es que no existen Einstein, ni Pasteur que no sean soñadores, aunque también es cierto que el sueño de la razón puede producir monstruos. Sin embargo, a final de cuentas la magia sólo es el otro lado de la balanza que nos permite tolerar la realidad.

ABRACADABRA EN PAREJA

Si bien entre la magia y la ciencia no se puede decidir quién depende de quién, en las cuestiones del corazón sabemos que el amor depende de la magia. Desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer,  no ha habido hombre que se enamore de una simple mujer, ni mujer que se enamore de un simple hombre, todo enamoramiento femenino ha sido hacia un Dios y todo enamoramiento masculino hacia una diosa, eso explica que no nos enamoremos de la primer persona del sexo opuesto que para hacer frente a nosotros, la escogeremos porque representa nuestro Dios o nuestra diosa y si soy pareja de una diosa debo ser un dios. No hay magia superior que esta: la fórmula para ser dios. Cuando decido que una mujer se transforme en mi diosa, veo en ella las virtudes que quisiera tener y también las pocas que poseo, es un perfeccionamiento de uno mismo, a través del contagio con algo que haré mío. Lo mío es mi-yo, y yo soy lo que pueda llamar mío. Con unos cuantos pases mágicos he conformado mi autoestima, mi propio valor. Lo que en psicología se llama autoestima en la jurisprudencia se le llama propiedad privada. Magia pura. Ilusión de propiedad. Sentido de la vida. Abracadabra.
Enamorarse sin magia es como hacer el amor con un manual. El enamoramiento es un pase mágico. El cortejo es un truco en la oscuridad y el desengaño es cosa de encender la luz. Pero el enamoramiento no es lo mismo que el amor. El amor no es cosa de trucos para la merienda, el amor no es cosa de monedas que aparecen en las orejas, el amor no es hacer magia sino vivir en ella. Amar es seguir amando. Un truco dura segundos. Un encantamiento pretende mantenerse en el tiempo ¿se va entendiendo que el enamoramiento se trata de vender como una verdadera mentira, mientras que en el amor se trata de que la mentira se vuelva verdad? No es mago quien sólo sabe un truco. La magia es un show, y el show nunca debe acabar.
La luna es la sorpresa que sale del sombrero del mágico sistema solar. Mirar el cielo estrellado sin esperar ver un cometa fugaz es cosa de mentecato triste que odia el circo. ¿Qué importa si el primer hombre que caminó en la luna estuvo allí de verdad o fue un montaje cinematográfico? ¿Quién no es capaz de darse cuenta de que eso en realidad no interesa a nadie? Lo trascendental para el hombre es su deseo de llegar a la luna, sea de polvo estelar o de queso, da igual. Qué triste debe sentirse aquel que frente una película de ficción vocifera ¡eso es imposible! Para poder amar hay que crear lunas de queso, hadas, duendes, porque sólo si se tienen recovecos donde desahogar la locura, se puede compartir la cruda realidad de hacerle frente de la vida.

MAGIA PARA TODO

En el mundo de las ferreterías, la magia no parece servir para mayor cosa. No construye casas, puentes, ni armas. La magia sólo alegra al albañil mientras arma la pared que protegerá a alguien. La magia no construye bloques pero está presente en el movimiento de la mano del albañil al colocar la argamasa que los une y los hace casas. La magia no hace medicinas pero permite al médico encontrar una insólita belleza en la atención de enfermos en una pandemia. La magia no es clavo ni martillo, la magia en sí misma no construye grandes cosas, pero las permite todas.
La magia está hecha de preguntas, el aprendiz de mago, en su primera clase, recibe un cuestionario «¿Quién soy?, ¿Por qué estoy contigo?, ¿Por qué respiro?, ¿Por qué están allí los demás y qué tienen que ver conmigo?, ¿Por qué me gusta la música y qué la diferencia del ruido?» La magia es curiosa y brinca cual duende inquieto de una pregunta otra. La magia no es crédula pero tampoco anda por allí proclamando «si no lo veo no lo creo», los magos saben que por dañarse el microscopio no desaparecen los microbios. Los magos saben que la falta de respuesta hace válida a la pregunta. La magia desaparece cuando se pregunta lo evidente y no habiendo nada más evidente que la razón de hacernos preguntas, sería vulgar preguntarnos sobre el porqué de la magia. La sabiduría de los magos es reconocer lo que no saben. Pero, cuidado, creer que en la tierra de la ignorancia germinan esbeltas las preguntas sin más ni más, sería una inocentada, sin la lluvia de la curiosidad el desconocimiento es un desierto.

LA GAYA MAGIA.


Dos ojos tenemos, uno curioso para mirar las estrellas y otro crítico para mirarnos a nosotros mismos mirando las estrellas. A veces pienso que habernos olvidado de la verdadera función de los ojos es a lo que los cristianos llaman «haber perdido el paraíso», con lo que la cristiandad es una proclamación de ceguera. Sin embargo, dos ojos seguimos teniendo, la recuperación del paraíso perdido sólo implicaría un cambio de mirada, un pase mágico: voltear el ojo crítico hacia nosotros mismos.


sábado, 6 de diciembre de 2014

EL CONOCIMIENTO LIMITANTE

¿NO DECIR LA VERDAD ES MENTIR?
Las mentiras tienen la función de ocultar una verdad. Pero, ¿es necesario decir mentiras para ser mentiroso? Si mentir es ocultar verdades, entonces, callar verdades es ser mentiroso. Y así, el que calla por consideración, por pena ajena, por educación, es normal que al final del día sufra el desvelo de los embusteros. Callar una verdad es una mentira por omisión. Y me pregunto: ¿Es acaso posible autoproclamarse buscador de la verdad al mismo tiempo que se callan verdades para no herir a otros? Aquí pareciera que la honestidad es, por naturaleza, descortés. Y, dicho lo anterior, se me propone imposible ser un librepensador sin ser indiscreto. Y si se preguntan sobre el sentido de esta introducción, habré logrado mi objetivo: «tener una razón para no callar».

EL PRECIO DEL CONOCIMIENTO
Es posible que la verdad nos haga libres. Pero hasta allí no he llegado. Me falta mucho por saber al respecto. Lo que sí sé por experiencia es que el conocimiento no tiende a ser liberador, al contrario, pareciera confinarnos dentro del claustro del conocimiento en cuestión, oprimiéndonos dentro de las cuatro paredes de lo conocido. Porque nuestros primeros conocimientos suelen ser aprendidos sin posibilidad de refutación. Nuestras primeras nociones del mundo nos las imponen sin derecho al careo de documentos. Así es la vida, no podemos andar objetándolo todo, especialmente en los años en que la objeción todavía no es un derecho, hablo de la infancia, donde nuestro pequeño tamaño nos obliga a tener dueños. Y ya lo dice el dicho «el que nace barrigón ni que lo fajen chiquito» de lo que se deduce que «no es difícil aprender algo nuevo sino desaprender lo viejo». Y este tema les rompe la cabeza a los teólogos que siguen tratando de justificar la quema de los inocentes que pensaron al planeta redondo.
Por haber sido educado en la noción de que sólo hay cinco sentidos, al tratar de estudiar mis sensaciones, me cuesta darle rango sensorial al sentido del humor, al sentido del equilibrio, al sentido del amor propio o al sentido erógeno. El conocimiento de los cinco sentidos me limita a pensar en ellos y tiendo a dar por sentado que el baile se disfruta con el oído, cuando en verdad el placer de hacer piruetas sin caerse se lo debemos al sentido del equilibrio. De no haber tenido el conocimiento de la exclusividad de los cinco sentidos, tal vez sabría bailar.

DE LO CONTRARIO Y LO IDÉNTICO
—¿Por qué damos por sobreentendido que odiar es lo contrario de amar? ¿Acaso la indiferencia no pudiera ser también la antítesis del amor? ¿Quién no ha tratado a la alegría como antítesis de la tristeza? A pesar de que si eso fuera así, quedan sin contraparte la seriedad y la circunspección. ¿Cuál es el antónimo del estado sólido? ¿Lo líquido? ¿Lo gaseoso? ¿Es lo metafísico lo contrario de lo físico? De ser así, estaríamos diciendo que algo que no existe (la metafísica) es lo contrario de todo lo que existe (la física). Y, para ello, debiera ser la principal característica de lo físico su «existencia», para que la «no existencia» fuera su contrario; pero entonces lo contrario de «suspiro» sería el «no suspiro» y lo contrario de «mirar» sería el «no mirar», en fin, lo contrario de todo sería la negación del todo. En el mundo de los ardores humanos no parece haber antítesis absolutas, los humanos no tenemos hipotenusas opuestas a ángulos rectos porque no somos triángulos rectángulos.
Estamos acostumbrados a pensar a la ligera que vivimos entre polos opuestos, contrarios absolutos, antítesis. Y manejamos la vida según estos conceptos. De la misma manera utilizamos a la ligera el concepto de «lo idéntico». «Este vaso es idéntico a este otro», pero en realidad no lo es, y para evitar dimes y diretes, marquemos de una vez que para ser idénticos debieran ocupar el mismo espacio, y eso es imposible.
Vivimos bajo el estigma de lo idéntico, sólo eso puede explicar nuestro asombro ante la singularidad de las huellas dactilares, asombro insensato porque la huella dactilar es tan única como cualquier nariz, oreja o cabello. Lo sospechoso del uso de las huellas dactilares como paradigma de la diferencia es que, entre bastidores, pareciera que se estuviera diciendo «las huellas dactilares son lo único diferente, lo único a lo que no se puede ser idéntico, ergo, todo lo demás tiene su idéntico», lo cual se me antoja como una confabulación colectiva para negar la universalidad de las diferencias. Y no se entusiasmen demasiado los oposicionistas de profesión que ya están pensando en replicar que en el número 22 el primer dos es idéntico al segundo, recuerden que para ser idéntico debiera ocupar el mismo espacio, y el primer dos al escribirlo estaba solo mientras que el segundo tenía compañía, ¿acaso la soltería pueda ser idéntica a la vida matrimonial? Pudiera parecer que comparar números con estados civiles no encaja, pero ya aclaré que no somos triángulos rectángulos. Nada humano es exacto, todo en nosotros tiene su particularidad. Para que existan dos cosas idénticas, la primera debiera ser exacta, carente de toda peculiaridad, para poder luego duplicarse con exactitud. La evolución tiene una larga historia para contar sobre esto. Sin embargo, dos triángulos pueden ser idénticos, y no necesitan coexistir en el mismo espacio, porque eso en geometría no importa, son idénticos porque son exactos, la exactitud es una cualidad de la matemática, la matemática es la piedra filosofal de la exactitud «¡Dadme un par de números y haré exacta la más trivial de las dudas!», exclama un Pitágoras de esquina. La matemática puede recrear lo idéntico, pero sólo eso, recrearlo, porque cuando los triángulos dejan de ser conceptos, cuando descienden del mundo abstracto para convertirse en repisas de madera ya no son idénticos, las particularidades de la madera deshacen el encanto, las dos repisas pasan a ser sólo semejantes. Hasta los fractales no son idénticos sino autosimilares, misma forma pero diferente tamaño. Lo idéntico es artículo de laboratorio, para que exista debe haber una voluntad de crearlo, una intención de evitar el azar.
En conclusión, si algo es completamente idéntico a otra cosa entonces es la cosa misma ¿creen que divago en un discurso sofista y ocioso? Piénsenlo mejor antes de juzgar, ¿Qué tanto influirá la noción de lo idéntico en el aburrimiento y el hastío? Cuando hablamos de rutina, cuando hablamos de repetición, estamos suponiendo que cada día en la oficina es idéntico, que cada amanecer es idéntico al anterior, que el huevo frito de hoy es idéntico al de ayer. El melancólico siente que la vida ha perdido sentido porque el mundo ha perdido valor para él, todo le da igual, como si de pronto se hubiese dado cuenta de que la vida es una repetición de lo mismo. El melancólico se vuelve tal cuando de pronto desaparecen las diferencias, cuando una mariscada, un plato de tallarines o una langosta al termidor terminan siendo sólo comidas. El melancólico ha perdido el valor de la diferencia, lo que es lo mismo que decir que las diferencias hacen el valor de las cosas. Una libra esterlina vale más o menos que un dólar porque son diferentes, si ambas monedas fueran idénticas, valdrían lo mismo, pero las dos serían libras esterlinas o las dos serían un dólar. Espero que con este ejemplo de bolsillo quede más claro que los asuntos que estamos tratando no son ociosos ni sofistas.
No existen las antítesis como no existe lo idéntico, y lo que imposibilita ambas cosas es «la diferencia». Sobre todo hay diferencias. Lo sólido es diferente a lo líquido, pero no es su antítesis. No existe algo que sea lo contrario a la felicidad, la felicidad significa tener ganas de vivir, un punto de partida, un entusiasmo de hacer más. Hay muchos estados anímicos diferentes a la felicidad, pero que no necesariamente implican «no tener ganas de vivir», por ejemplo la expectativa, la espera paciente, la meditación, la formulación de un problema. Por otro lado, nada es idéntico porque todo es diferente. La repetición es una acción única en sí misma, no hay repetición idéntica, y de esto saben mucho los músicos que jamás podrán tocar una misma obra dos veces de la misma manera.
Si tuviéramos siempre presente «la diferencia» como lo que define cada cosa, como lo que hace plural al universo y a cada momento de la vida cotidiana, tal vez lograríamos vivir en el utópico pensamiento oriental que proponía que en un año vivíamos 365 vidas diferentes muriendo cada noche y renaciendo al despertar. Si pudiéramos estar siempre atentos a las diferencias ¿serían las rutinas tediosas y aburridas? Los conceptos pueden encarcelarnos y por ello son tan importantes las preguntas, únicas llaves capaces de abrir la reja del pensamiento.

LAS SEMEJANZAS
—Cuando las diferencias se esconden, aparecen las semejanzas. Los patrones, los modelos, las modas favorecen las semejanzas en detrimento de las diferencias. Estamos hechos así, creemos ver más cuando desenfocamos la mirada. Sólo agudiza la vista quien está dispuesto a ver la diferencia. El cerebro busca semejanzas donde pueda y según la conveniencia de cada quien, viendo vírgenes en las manchas de humedad, o tetas en la ladera de una montaña. Lo parecido con lo que se conoce tranquiliza, aceptamos con confianza a nuestros semejantes y tendemos a rechazar como amenaza a lo diferente. Y como toda tendencia puede ser de doble filo, la urgencia de buscar semejanzas nos puede llevar a la idealización, y ver cualidades de mascota en un tigre de bengala. Las semejanzas son engañosas. De las semejanzas nace el camuflaje y la mimetización. Algo no es bueno sólo por parecer bueno. Los grandes estafadores se disfrazan de honestidad. Y sin embargo, la semejanza es vista como la herramienta principal de la tolerancia: confiamos en nuestros semejantes. Pero esto funciona sólo en pequeña escala, para un argentino los chinos son todos parecidos pero diferentes a él. Mientras que los chinos se reconocen por sus particularidades al tiempo que los argentinos les parecen todos iguales. Al final de cuentas las semejanzas no parecen motivar la tolerancia más allá de cierto grupo. Porque a su vez es semejante lo que se diferencia de algo más, y en este sentido divide. De esto saben mucho los nacionalistas.

DE TANTO PREGUNTAR A UN CONOCIMIENTO PUEDE APARECER UNA VERDAD
Conocer algo no es lo mismo que saber una verdad. Una verdad es un conocimiento que se ha superado a sí mismo. El problema se plantea cuando un conocimiento se erige como muro en vez de ser un peldaño de escalera. La verdad abre nuevos caminos, el conocimiento nos encierra en un callejón sin salida. Es por ello que existe sólo el conocimiento de la religión y no la verdad religiosa. No puede haber verdades limitantes. Porque una verdad nos libera de un asunto permitiéndonos pensar otro. Es como si nos otorgara permiso a cambiar de tema «ya esto te lo has preguntado lo suficiente, no hay más nada que buscar aquí, ve tranquilo que te quedan muchas otras cosas para cuestionarte». Mientras que un conocimiento nos obliga a pensar en él como necesario, como si tratara de evitarnos el hallazgo de preguntas. Si tengo el conocimiento de que todos somos iguales, no seré capaz de reconocer las diferencias y mucho menos de valorarlas. Si sé la verdad de que lo idéntico no existe, buscaré las diferencias y festejaré que no seamos todos iguales valorando a cada uno. En el primer caso soy esclavo de mi conocimiento de la igualdad y en el segundo la verdad me hace libre de diferenciarme. Y al llegar a este punto, confieso que me siento confundido, supongo que es normal que nuestros conocimientos se alteren y nos aturdan cuando los cuestionamos. De tanto estar presos terminamos sintiéndonos cómodos tras las rejas. Creo que cada vez que tenemos un atisbo de libertad, la primera sensación es desagradable, como mirar al sol de frente. No se puede salir de la sombra sin encandilarse.

REOS POR COMODIDAD
—¿Por qué aceptamos que nuestros conocimientos nos limiten? ¿Qué nos mueve a entrar voluntariamente en nuestra cárcel personal? ¡Ja! Conociéndonos, el asunto debe brindar algunas ventajas. Y pensando en esto, lo primero que se me ocurre es que las cárceles personales son cómodas porque las gestionamos nosotros mismos. Por ejemplo, creer en las antítesis absolutas, creer que el bien es lo contrario del mal, puede hacerme la vida más fácil porque puedo imaginar que si no estoy en un polo estoy en el polo contrario, y así me ahorro trabajo porque bastaría con no hacer el mal para que, por antítesis, sienta que hago el bien, aunque no haga nada. Y supongo que esto es lo que le permite a una mujer sentir que hace el bien mientras pasa la tarde mirando novelas mexicanas. Gracias a la idea de los contrarios absolutos es posible sentirse bueno cuando no se es malo. Sobre este tema saben mucho los hijos reprendidos por sus padres por no haber estudiado el día antes del examen, la defensa es categórica «¡Es injusto! ¡Yo no hice nada malo! ¡Sólo estaba mirando tele!».
Por otro lado, la tendencia natural a buscar semejanzas y la noción de lo idéntico nos permite andar a nuestras anchas en situaciones nuevas y desconocidas sin necesidad de hacernos preguntas curiosas. Las diferencias, al no verlas, no nos asombrarán, y a pesar de que en consecuencia nos aburriremos a muerte transitando calles idénticas, donde cada estatua es la misma piedra tallada, donde todos los pájaros son palomas y todos los gatos son pardos; a pesar de ello, bienvenida será la comodidad. La tendencia a buscar semejanzas parece ser un vicio matemático que transforma los objetos abstrayéndolos a conceptos exactos. Una manía de ver al mundo como triángulos. Y en este tipo de confort, la almohada más exquisita es la de liberarse de las contradicciones. Quien estudia el aburrimiento se dará cuenta que en él no hay contradicciones, el aburrimiento es llano, lineal, blanco, vacío de todo color. Y es que el aburrido no toma partido, no toma posición, con lo que es imposible que se contradiga ya que sólo repite o creer repetir. En un mundo de blancos o negros, de arriba o abajo, de cielo o infierno, no hay más que tanto que decir, y ni hablar de contradecir, porque los engranajes de las contradicciones son preguntas y las preguntas sólo remarcan diferencias.
La estandarización en la semejanza nos permite pasar desapercibidos camuflándonos a la moda para ser mirados sin ser vistos, un perfil anodino permite el anonimato, o lo que es lo mismo, no dar cuenta de las propias diferencias.

En conclusión: el mundo de los conocimientos establecidos es un mundo aburrido pero cómodo; con muchas semejanzas y pocas curiosidades; un mundo de triángulos rectángulos idénticos. Mientras que el mundo de las diferencias tiene más preguntas que respuestas, más esfuerzo que comodidad, más desasosiego que tranquilidad, pero la más grande de sus carencias es sin duda la falta de tiempo, porque nunca serán suficientes las horas para ver todas las particularidades, en el mundo de las diferencias no hay cabida para el bostezo del tedio.